La altura del bloque y el tipo de marcaje son elementos imprescindibles
El juego de pies es ya una realidad consolidada del fútbol mundial. El debate ha dejado de girar en torno a cuándo surgió para centrarse en cómo defenderse de él. Ante un arquero con buen manejo de balón, el equipo rival no tiene una única respuesta táctica, pero sí puede elegir el tipo de presión con el que quiere plantar cara. Esa elección condiciona todo lo que sucede después.
En términos generales, el objetivo del equipo poseedor es generar superioridad y/o amplitud para salir limpio desde el fondo, aunque en ocasiones el arquero también puede funcionar como señuelo para provocar una presión alta y, desde allí, romper líneas y progresar. Conocer esas intenciones es el primer paso para elegir cómo defenderse. Defender no es opcional, pero el cómo hacerlo sí lo es. En ese marco, se distinguen tres escenarios principales, cada uno con sus propias lógicas, riesgos y consecuencias.
Este es, probablemente, el escenario que más le conviene al equipo que utiliza al portero en la construcción de juego. Sucede cuando la presión alta es un hecho individual aislado: los atacantes del equipo defensor presionan, pero el bloque no los acompaña de manera coordinada, lo que genera una brecha considerable entre la primera y la segunda línea de presión. En ese espacio, las condiciones son ideales para que el arquero explote su capacidad técnico-táctica.


Con tantos metros de distancia entre líneas, la relación riesgo-recompensa adquiere un peso determinante. El riesgo de una pérdida equivale, casi directamente, a un gol en contra. Por eso, lo que el arquero pueda generar en el colectivo —su capacidad de interacción con los compañeros, de romper esa primera línea de presión, de generar amplitud y habilitar espacios a espaldas del rival— debe justificar ese riesgo.

En equipos con ideas cercanas al juego de posición, progresar rompiendo la primera línea tiene un gran valor para el desarrollo posterior del ataque. En definitiva, la presión alta sin coordinación es el escenario que más potencia la figura del arquero-líbero, precisamente porque los espacios son amplios y el margen de acción, elevado.

Cuando la presión alta deja de ser un gesto individual y se convierte en una acción colectiva y coordinada, el panorama cambia de manera sustancial. Ya no se detectan espacios con tanta facilidad ni accesibilidad, y la progresión en corto o medio con balón dominado se dificulta de forma considerable.

Tomar cada una de las opciones disponibles al equipo poseedor en salida obliga a construir desde el fondo con mayor velocidad y precisión en cada gesto técnico, reduciendo al mínimo el margen de error. La dificultad, en comparación con el primer escenario, es notablemente mayor.

Sin embargo, este tipo de presión tiene dos puntos críticos que limitan su eficacia sostenida. En primer lugar, demanda una gran cantidad de energía y concentración; es un esfuerzo que desgasta y que, difícilmente, un equipo puede mantener a lo largo de todo un partido. Cuando ese nivel de coordinación cae, la presión alta organizada puede mutar hacia el primer escenario, el bloque inconexo, con todo lo que eso implica para el equipo que defiende.

En segundo lugar, la presión alta individual puede forzar al arquero o a los centrales a lanzar en largo, situación en la que el equipo defensor se encontrará, muy probablemente, en inferioridad numérica o, como mínimo, en igualdad, dada la ventaja que supone contar con el arquero-líbero como jugador adicional en la salida.

Este quizá sea el tipo de presión que menos conviene al portero cuando recurre al juego de pies, aunque no necesariamente es el más efectivo. La diferencia radica en que, para obtener recompensas considerables desde este esquema, el equipo poseedor necesita asumir riesgos de mayor magnitud.

Si el arquero quiere activar espacios a través de envíos largos, probablemente deba posicionarse más adelantado que de costumbre, lo que lo expone a variaciones drásticas en la presión y reduce aún más el ya exiguo margen de error. En algunos casos, el aporte del arquero en este escenario es prácticamente nulo y solo representa un riesgo sin contraprestación real.

No obstante, la presión zonal es uno de los comportamientos colectivos más complejos y agotadores que existe. Líneas compactas, vigilancias activas, basculaciones constantes: todo requiere un nivel de concentración elevado que, con el correr de los minutos, inevitablemente se degrada. El desgaste mental puede incluso provocar y amplificar el desgaste físico sin necesidad de grandes recorridos activos.

A medida que la efectividad del bloque disminuye, aparecen espacios y oportunidades para progresar. Este es, en definitiva, el recordatorio más claro de una certeza que atraviesa los tres escenarios: no existe un método cien por ciento efectivo para defender absolutamente nada. Sí existen patrones útiles, tendencias reconocibles y decisiones más o menos racionales según el momento del partido. Pero la complejidad del juego siempre encontrará grietas en cualquier sistema.

Para la elaboración de este artículo, La Pizarra del DT se basó en tres situaciones de juego que enfrentó el portero colombiano Kevin Mier, entre el 2024 y 2025, en Cruz Azul. Las jugadas expuestas muestran un error del portero contra Colorado Rapids, una ventaja aprovechada por el guardameta contra Chivas de Guadalajara y un error colectivo del equipo contra el América. Este artículo también tuvo como base los conceptos desarrollados en el libro High Pressures: How To Win Soccer Games, cuyo autor es Dan Blank.
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