Publicada el 7/08/2019

Deténganse un momento e imagínense conseguir en un mismo frasco una mezcla de agresividad y pasividad. Bueno, Léo Duarte cumple con estas dos actitudes a la hora de desarrollarse en un terreno de juego. Demuestra ser agresivo por su forma de defender, ya que es un jugador que busca anticipar de manera constante. Asimismo, una vez que la pelota pasa por sus pies, tiene como primera opción generar pases que rompan líneas de presión o también cuenta con la capacidad de atraer rivales mediante conducciones, es decir, se le observa ser pasivo, sobre todo por su contextura que lo hace ver lento, en diversos escenarios, ya sea en instantes en donde tiene que ofrecerse como opción de pase para sus compañeros después de soltar como también en las transiciones rápidas en ataque-defensa (lento al reaccionar en una defensa adelantada, a pesar de ser intenso al buscar el anticipo).  

A pesar de que va a seguir defendiendo los mismos “colores” (negro y rojo), se va a tener que adaptar a un ecosistema distinto, que le va a brindar su entrenador Marco Giampaolo, estratega que acostumbra a jugar con un 4-1-2-1-2, donde Léo Duarte va a desarrollar sus aptitudes para darle buena salida de balón a sus compañeros y ser el hombre que no permita recibir cómodo a sus rivales por su agresividad al intentar anticipar.

Se anima a romper líneas con sus pases, donde los principales receptores de los mismos pueden ser tanto el “9” cuando sale de su zona para recibir como también el extremo cuando interioriza mediante un movimiento de desmarque. Además, cuando no se cumple con el contexto para profundizar mediante el pase largo, busca conectar con su lateral derecho o su compañero de la zaga para que cambie la orientación a la jugada. Asimismo, un aspecto que sabe desarrollar es el engaño corporal a la hora de dar el pase, ya que parece que va a dirigirlo hacia un compañero, pero el receptor termina siendo un compañero distinto.