Publicada el 25/06/2019

“A mí me gusta más la pista cubierta o hierba que jugar en tierra”, llegaría a comentar en una entrevista un tal Rafael Nadal con apenas 16 años. Tiempo después, se convertiría en el tenista con más títulos en el Roland Garros, es decir, doce (12) de sus dieciocho títulos en Torneos de Grand Slam (constituido por los cuatro torneos más importantes del circuito internacional organizados por la Federación Internacional de Tenis) serían, por ahora, jugando en tierra, un escenario donde el español comentaba que le gustaba pero que no prefería.

Y es que así es el deporte. Aunque el tenis y el fútbol tengan sus diferencias muy marcadas, en ambos contextos el talento puede imponerse por encima de una preferencia personal, ya sea individual como colectiva. Así está ocurriendo en una selección venezolana que en la actualidad posee futbolistas de buen pie para practicar otro tipo de juego, pero que a través de una estructura compacta, está demostrando tener un estilo definido.

Un partido de fútbol está construido por etapas, en las que dentro de cada encuentro, un conjunto puede tener distintos comportamiento, donde algunos trabajan con un base, es decir, con una idea que tiene un camino y un sentido, mientras que otros también poseen una intención pero la mezclan con el azar por el no saber qué hacer con balón y sin él. Sin embargo, Venezuela está empezando a saber qué hacer (o lo está demostrando) en cada fase de un juego.

Porque la selección venezolana de Rafael Dudamel puede manejar el balón hasta conseguir un espacio para avanzar como también puede activar el juego directo y romper líneas con pocos toques de manera vertical, sobre todo esta última opción. Mientras sin el esférico, la intención es armar un bloque súper compacto para ir viajando juntos, consiguiendo en instantes quedar con las once piezas en su propio campo. Pero todo va a depender del contexto, en gran parte de las características y condiciones del rival (individual y colectivamente).

Cuando Venezuela se encuentra sin balón, se posiciona en el campo con una especie de 4-1-4-1, donde uno de los interiores (Tomás Rincón o Yangel Herrera) puede presionar un poco más arriba, dependiendo de la recepción del esférico y el tiempo de ejecución del contrario, quedando a veces en un 4-4-2.