Publicada el 13/06/2019

Los campeonatos juveniles son el mejor escenario para que jugadores que todavía están en una etapa de formación puedan demostrar su talento, en el cual una promesa puede conseguir llamar la atención de algún club, donde pueda pulir algunos detalles de su desempeño como futbolista y convertirlo en una realidad. Es como cuando un niño (ojeadores/scouts) va a una juguetería donde puede encontrar muchos juguetes (jugadores) que posean características que llamen la atención y hasta el interés de su adquisición. Ezequiel Barco fue una de esas piezas que llamó la atención de muchos en el Mundial Sub-20 de Polonia 2019.

La selección argentina Sub-20 comandada por Fernando Batista dispuso de un 4-3-3 dentro del campo de juego, siendo un equipo sumamente vertical. Ezequiel Barco fue una pieza que actuó escorado a cualquiera de los dos carriles laterales, es decir, se desempeñó tanto en la banda izquierda como en la derecha porque independientemente de donde empezó, demostró ser un jugador que desarrolla la mayoría de sus acciones en los pasillos internos del terreno de juego, por su facilidad de asociación en los espacios reducidos.

Barco es como ese amigo que no puede dejar a nadie por fuera a la hora de realizar una fiesta, es decir, invita a todos sus rivales a intentar quitarle la pelota mediante sus conducciones lo que genera espacios para sus compañeros que van a tener mayor facilidad en relación al tiempo-espacio para realizar una toma de decisión acertada. Una vez que el jugador no tiene la pelota en sus pies, ocupa un espacio libre o realiza desmarques para volver a ser opción de pase y seguir participando en la jugada.