Publicada el 5/06/2019

Para entender este Boca Juniors hay que situarse en el contexto de un club golpeado tras la histórica derrota en Madrid contra River por la Copa Libertadores. Ese cimbronazo generaría la partida de Guillermo Barros Schelotto y la llegada de un manager, Nicolás Burdisso, quien bregaría por el arribo posterior de Gustavo Alfaro para la dirección técnica.

El rafaelino es un hombre con mucha experiencia, ganador además, pues cuenta en su haber con dos ascensos (Quilmes y Olimpo) y varios torneos con Arsenal de Sarandí, incluyendo una Copa Sudamericana. Sin embargo, su anterior y hasta aquí único paso por un equipo de los denominados “grandes” no había sido del todo bueno, ya que en 2005 dirigiría a San Lorenzo pero no obtendría buenos resultados.

No obstante, las dudas sobre las potencialidades de asumir un rol tan importante como el buzo de Boca se disiparon prontamente ya que el equipo está terminando un semestre con varios objetivos cumplidos, incluyendo la obtención de la Supercopa en una final contra Rosario Central y haber sido el único club argentino en ganar su grupo de la Copa Libertadores.

Es que el proyecto Alfaro se ha ido construyendo sobre la base del subcampeón americano, pero con nuevos nombres y funcionamientos. Por empezar, la salida de Lisandro Magallán (al Ajax) permitió la llegada de Lisandro López, un defensor que se amoldó rápido a la zaga con Carlos Izquierdoz y además ya sumó su cuota particular de goles importantes. En el medio, la partida de Barrios al fútbol ruso facilitó la incorporación de Iván Marcone, uno de los mejores mediocampistas centrales argentinos, aunque es verdad que aún no ha demostrado todo su juego. Y finalmente, el técnico apostó por nombres que en el ciclo Barros Schelotto alternaron partidos, debido a que confirmó en los laterales a Buffarini y Emmanuel Mas, le dio protagonismo a Emanuel Reynoso e intentó armonizar el juego de Tévez y Mauro Zárate.

Pero, para empezar a analizarlo más en profundidad, se puede decir que no hay un dibujo inicial fijo, aunque podemos señalar que la tendencia es el 4-3-3 o 4-2-3-1. Más bien se puede hablar de un bloque defensivo efectivamente marcado con los cuatro jugadores del fondo y la presencia de Marcone brindando el apoyo y las coberturas. Luego bien, con el equipo desplegado en ataque, se suele observar un 3-4-3 donde los laterales ocupan los carriles y los extremos tienden a cerrarse un poco.

En general, las jugadas se inician en el fondo con la posesión sostenida por los centrales y Marcone (a veces también Andrada) para que se activen las proyecciones de los laterales al ataque, otorgándole amplitud al equipo. Por ello resultan vitales Buffarini y Más, debido a que son profundos cuando avanzan, tienen criterio ofensivo e incluso en ocasiones llegan al gol. Sus subidas son respaldadas por movimientos hacia los pasillos centrales de los delanteros externos, habitualmente Sebastián Villa y Zárate, quienes procuran arrastrar marcas y también mostrase como apoyo para los pases.

El mayor daño Boca suele hacerlo cuando avanza mediante ataques directos. Si López o Izquierdoz encuentran a los laterales bien abiertos y con espacios, la pelota va rápidamente hacia ellos y desde ahí llegan desbordes punzantes que tienen como referencia al centro delantero de ocasión. La otra variante utilizada en esta modalidad ofensiva es el juego largo para que el “9” pivotee y se inicie una segunda jugada, muy frecuente si el titular es Benedetto.

Pero el cuadro argentino no siempre es directo. Al contrario, muchas veces sus problemas en la gestación ocurren porque se decide por el juego asociado, lógicamente impulsado por los hombres de buena técnica con los que cuenta. Lo que ocurre es que hasta el momento les ha costado mucho desarrollar esta faceta.

Con los laterales abiertos, la clave pasa entonces por la ocupación de los espacios interiores. Y es allí donde suele verse la desorganización xeneize, sin conformar triángulos que favorezcan la circulación de la pelota y la mayor de las veces alejándose del portador del balón. Esto produce que Zárate, Marcone, Nahitan Nández o Tévez, por ejemplo, tengan que conducir de más, sin una idea clara de hacia dónde ir o con quién tocar.

Por este motivo, da la impresión que en ciertos pasajes de los partidos Boca se desconcierta, se muestra apático en ofensiva y pierde profundidad. Y es allí donde suelen aparecer las individualidades para contrarrestar esto, por caso Zárate apostando a su gran remate de larga distancia o Villa a su velocidad sin freno.

Cabe señalar que “Bebelo” Reynoso era un jugador que resultaba muy útil a los efectos del juego combinado. Su buen pie, correcto desplazamiento por las bandas y la inteligencia para conectarse con los compañeros lo hacían importante y le fueron dando un rol creciente en el equipo. Su grave lesión (esguince grado 2 del ligamento colateral medial de la rodilla derecha) a comienzos de mayo privó a Alfaro de esta pieza fundamental.

Tampoco podemos decir que Boca sea un equipo centrado en las transiciones ofensivas. Cuando recuperan la pelota en campo propio y con el rival avanzando, suelen retroceder, temporizar y volver a empezar con el circuito de circulación de la pelota en la línea defensiva. La rapidez para contragolpear se ve recién cuando el contrincante está bastante avanzado sobre el área de Andrada. Allí sí procuran abrir para una banda, orientar el ataque por afuera para que por dentro Benedetto o Ramón Ábila lleguen dispuestos a convertir.

La llegada de López fue un gran aporte porque da la sensación que se armó un zaga central mucho más confiable incluso que la dupla Izquierdoz-Magallán de 2018. Son dos defensores que tienen buena lectura de las jugadas, rigidez a la hora del uno contra uno y además un buen juego aéreo tanto defensivo como ofensivo.

Junto a ellos se despliega el dispositivo defensivo de Alfaro que se sustenta en una línea de cuatro cerrada y la presencia de Marcone flotando y apoyando. Empero, debemos marcar que muchas veces se producen huecos entre los laterales y los centrales por donde los rivales pueden dañar con pelotazos, algo que deberán mejorar.

Según el rival Boca alterna su modalidad de presión. Si está ante un equipo que quiere salir jugando desde el fondo, aparece una presión alta que es bien ejecutada y logra al menos ahogar las intenciones de sus oponentes. Esto ocurre sobre todo en los primeros minutos. Si en cambio la decisión es dejar jugar al contrincante un poco más, se registra un repliegue hasta el propio campo, donde el centro delantero pisa el círculo central y las líneas se cierran generalmente bien. A Marcone se les unen Nández y quien ocupe el sector izquierdo (Agustín Almendra, Zárate, Jorman Campuzano, va variando) configurando una trama que tapa los pasillos interiores.

Ya en la mitad de la cancha, la intensidad se acentúa buscando recuperar la pelota en ese sector. Aquí cobra un valor preponderante el uruguayo Nández, quien a través de su enjundia y prestancia para la marca suele ir sobre el portador de la pelota y agobiarlo incesantemente.

Si esto no funciona y la pelota pasa, entonces prosigue el repliegue. En ese sentido, es pertinente marcar que Boca no trabaja del todo bien las transiciones defensivas cuando está marcadamente en ataque. En ocasiones, el entusiasmo por avanzar en campo rival hace descuidar los espacios defensivos y cuando el rival roba y contragolpea, suele producirse un lento retroceso que deja espacios liberados. Marcone es quien debe brindar el equilibrio defensivo, pero muchas veces es insuficiente porque Nández tiene, como contrapartida a su personalidad, desorden posicional, y por el otro sector no suele haber un jugador con características defensivas desarrolladas.

Con este presente, el cuadro de Alfaro sigue construyéndose pensando en la gran meta del año que sigue siendo (al igual que en 2018) obtener la Copa Libertadores. Un logro que le permitiría recobrar lugares preponderantes en el continente puesto que su último certamen continental fue la Recopa Sudamericana hace once años. Y después vinieron dos finales perdidas de la Libertadores.

Hasta aquí los resultados (dejando a un lado la final de la Copa de la Superliga Argentina ante Tigre) y las estadísticas de Boca están siendo más convincentes que el juego en sí. No obstante, tiene un plantel rico en calidad y si el entrenador consigue mejorar los aspectos en los cuales aún hay deudas, seguramente el xeneize va a volver a dar la pelea grande para, al menos, seguir codeándose por ser el mejor de América.