Publicada el 9/12/2018

El escenario era memorable y, ante todas las dificultades dentro del contexto, River Plate lograría sacar adelante un partido, en el que sería superado en toda la primera mitad, tanto en el desarrollo como en el marcador. Pese a la ausencia de su líder (Marcelo Gallardo), de su jugador en mejor estado de forma (Santos Borré) y perdiendo la posibilidad de disputar la vuelta en su casa, el conjunto millonario terminaría llevándose un título histórico. Y todo de la mano de un movimiento táctico maravilloso. 

En la primera mitad, Boca Juniors impuso condiciones desde el vamos con el plan que acostumbró a usar en los partidos de vuelta de esta Copa Libertadores. Repliegue bajo, reducción de espacios (alrededor de Wilmar Barrios) y siendo punzante en ataque con sus tres atacantes (Villa-Benedetto-Pavón). Bloquear al rival y, en ese momento de desesperación del contrincante, sacar el bisturí para abrir el marcador. Todo esto fue suficiente para ensuciar cada circulación de la pelota de River y contrarrestar las actuaciones de sus mediapuntas. Ni Palacios, ni Pity Martínez, ni Nacho Fernández tuvieron influencia en el desarrollo del encuentro debido al sistema defensivo confeccionado por el Mellizo, por la poca frescura que aportó Leo Ponzio desde la base de la jugada y por la poca claridad de los defensores millonarios para sacar la pelota desde el fondo. Nunca pudo abrir el cerrojo xeneize que era inexpugnable. Ninguno cayó en la trampa de perseguir receptores ni fueron driblados por una gambeta.

En ataque, Boca jugaba sencillo. Darío Benedetto era la pieza fundamental. En él reposaba la responsabilidad de recibir a una altura bastante cercana a Armani y poder activar en una segunda línea a un descolgado Nahitan Nández (el mejor jugador de Boca en todo el partido) y a los extremos, quienes fijaron por fuera para jugar mano a mano contra los laterales.