Juan Manuel Baena (@JuanManuelBaena

Después de tantos años de tropiezos, de vejámenes dentro y fuera de la cancha, de ser la sátira del continente, luchando contra las humillaciones, y aunque aún hoy en día se sigan padeciendo, se habían hecho grades avances tanto en lo deportivo como en la parte humana. De sufrir por migajas tiradas a la orilla de la acera y exigir un poco de respeto, al por fin decir ¡Estamos presentes!, ¡Somos competitivos!

Pero de repente reaparece ante las expectativas más altas del fanático, el nefasto recuerdo de aquella cenicienta, la de los errores infantiles, por el que tanto se luchó acabar, un retroceso de 15 años tras un continuo bregar en ascenso para volver a darnos otro golpe contra el muro de la frustración y lamentos.

Es verdad que aún no somos nadie en la historia y plano futbolístico internacional, pero la Vinotinto se estaba haciendo de un nombre en Sudamérica. Llegada la real y tangible profesionalización de nuestro jugador de selección, comenzaron la exportación de estos a distintas ligas de América y Europa. Ya hay nombres consolidados y jóvenes promesas que apuntan posicionarse en la élite. Una gran generación a la que no han sabido (salvo contadas ocasiones) aprovecharle y -de manera fusionada- explotarle toda su voluntad, destreza y talento, haciendo de ellas un todo.  

Para los rivales y vecinos del continente, enfrentarse a nuestra selección ya no significaba cumplir con un mero formalismo de calendario para sumarse los tres puntos. El cotejo representaba algo serio. Era sudar y  ensuciarse.

Ser llamado por el seleccionador nacional era llenarse de orgullo y euforia, ponerse la camiseta un compromiso. Y éste nacimiento lo recogió el seguidor y fanático venezolano, huérfano de algo propio, quien siempre adoptó lo de afuera.

No es extraño que casi nada se escapa de la atmosfera negativa que vive el país; con la caída del vitalicio Esquivel y toda la cadena de hechos que trajo consigo. Esa criatura que con tanto celo, el seguidor venezolano había arropado como suya, su orgullo -su paño ante la crisis nacional- hoy parece haberse roto, partirse desde adentro en una implosión de intrigas y misterios, dimes y diretes que erosionaron todo el entorno del aire limpio, que la Vinotinto tanto representa como simbología de éste país.  

Sanvicente, en la Copa América, su primera prueba de fuego, se vieron las primeras costuras de lo que vendría a priori; fue excesivamente conservador al "ir por lo seguro". Mantuvo y estiró el mayor tiempo posible el mismo 11 inicial en cada partido. Más miedo a perder, que ir por la victoria desde un primer momento, desconfió de sus elementos, de la rebeldía y talento joven.

Para la Eliminatoria, siendo un DT que no estaba acostumbrado a la derrota en el fútbol local, paso mucho tiempo en esa zona de confort, y al encontrarse con un nuevo escenario desconocido para su habitual manejo, colisionó quedando atrapado en una crisis de malas decisiones, malos resultados, enfrentamientos internos con sus jugadores. Situación que no supo manejar y se le escapó de las manos. Sin el dominio de la comunicación correcta para tratar con futbolistas que hacen vida y están en otro nivel y ambiente años luz del fútbol venezolano al cual estaba avezado.



Un técnico puede saber mucho de fútbol, de tácticas y estrategias, el detalle está, en saber transmitir con claridad dicha idea. El mensaje debe llegar con la mayor simplicidad posible a los jugadores; y que estos sean convencidos de lo que se le pide, lo materialicen en cancha. Si se pretende imponer y los resultados no acompañan, llega la pesadez y se acaba la “diversión” del juego. Por aquello del tiempo de respuesta: en un club se tiene toda una temporada para encontrar las fallas y engranar tus piezas, en la selección apenas cuentas con 4 días con tus jugadores.

En su tozudez, Sanvicente cometió un gravísimo y costoso error al “no ser el técnico de sus jugadores” por “aliarse” con el presidente de la Federación. Chita no es una víctima de las circunstancias, él se cansó de decir, “aquí nadie está borrado”, -pero a excepción de su reunión con los capitanes en Europa- en ningún momento se comunicó con el resto del grupo de manera abierta con los medios de comunicación. Jugó para ambos bandos, siendo él un asiduo protestante de la negligente política impartida en el seno de la FVF, fue contrario a sus principios.

Más allá de ser un contratado de la Federación, debió mantenerse al margen de las disputas económicas jugadores/federativos y solo exigir enfoque y entrega para el fútbol. Irresponsablemente, descartó a muchos meritorios por creer poder ganar con improvisaciones (como el caso del descartado Guerra y luego de sustituir a un lesionado, es titular ante Chile), optar con jugadores que no estaban a nivel, en vez de ir por la lógica con los mejores.

Noel, debió comenzar su proceso de renovación de manera gradual y equilibrada en la misma Copa América, descartar jugadores de ciertas posiciones que ya habían cumplido su ciclo en la selección y definir su 11 con la idea de lo que quería. De haberlo hecho y haber sido fiel a sus convicciones nadie podía juzgarle por dar paso a la camada emergente que de una y otra forma obligatoriamente tenía que disponer de estos, cuando ya los viejos nombres no dieran para más, y ya le fuese demasiado tarde, y por tiempo y malos resultados, como así se dio, no le alcanzo para meterse en la clasificación. Fue más su miedo a perder partidos que “arriesgarse” con los que se la tenía que jugar y ahí estuvo la clave de todas sus fallas a lo largo de su tortuoso ciclo. 



Con la llegada de Dudamel a pesar de la frustración que da verse prácticamente eliminado, a la espera de lo que podrá aportar, comienza con buen pie al volver a llamar a necesarios jugadores que Noel había descartado, y reconforta aún más, su discurso de apertura, y el mensaje a sus jugadores: “Quiero un once ganador, que se erice cuando escuche el Himno Nacional”. “A la selección no se viene por un viático, por un premio. No vivimos de los intereses. A la selección se viene por grandeza, se viene por la gloria. Despertaremos el orgullo de jugar por la Vinotinto”.

A esas últimas líneas, quiero acotar la molestia sentida en las declaraciones de Salomón, al insinuar que por un dinero prometido y no cancelado, “se le dificulte jugar con la concentración y ganas necesarias”. Mi amigo, es más que claro que el futbolista profesional está en todo su derecho de cobrar sus primas y premios, sumado a ello, denunciar los actos que considere faltos de principios y profesionalismo de parte de la Federación que atenten al entorno de la selección, pero de ahí a que dicha molestia interfiera en el rendimiento, lo mejor para todos es que su protesta sea no presentarse; más inaceptable es no dar el todo en la cancha. La entrega no se negocia.  

Hay dos frases que encajan muy bien con el técnico saliente y el presente de la selección: “Tenemos que darnos cuenta de nuestros errores y no querer jugar para determinado periodista que piensa distinto” de Diego Maradona. Y la otra: “Para ser un gran jugador profesional es necesario tener mucho espíritu amateur”, de Marcelo Bielsa.


A Dudamel le tocará la ardua encomienda de limpiar la cara, recobrar la credibilidad, y el  ecosistema del grupo, convencer, seducir y solo los resultados en el terreno dan eso; para volver a decir con orgullo “¡Somos Vinotinto!”

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