Por: Antonio Álvarez (@AntonioMAlvarez)

En el estadio La Carolina, en Barinas, se disputó el sexto amistoso de la selección venezolana en esta nueva gestión. Esta vez recibieron al combinado de Honduras, que venían de una derrota a domicilio propinada precisamente por los dirigidos de Noel Sanvicente.

Más allá de realizar una nota sobre lo acontecido en el partido, hubo un hecho dentro de la fanaticada del estadio que marca la realidad de nuestro fútbol.

En los primeros minutos del partido, un venezolano, léase bien, venezolano, acudió a las gradas con su franela del Deportivo Táchira, equipo perteneciente a la Primera División de nuestro fútbol y clasificado a la Copa Libertadores del presente año, fue pitado, insultado y obligado a despojarse de su camisa ante las burlas de los presentes.

Un elemento curioso es que en simultáneo a lo antes relatado, paseaban por las gradas otros aficionados con camisas de equipos europeos, a quienes no se les irrespetó por la casaca que tenían puesta.

Ahora bien, ¿cómo se pretende que nuestro fútbol crezca si no se respeta a las otras hinchadas que se disponen a aplaudir a la Selección Nacional?, ¿todos son venezolanos o es que algunos no lo son tanto? En el deporte, independientemente de la disciplina,  siempre habrá rivales, no enemigos.

A veces se olvida que el fútbol se disfruta, se comparte, se comenta, se ríe y se llora. Se tiene, por parte de algunos venezolanos, una disociación de conceptos sobre el balompié, donde la división entre las hinchadas y la violencia entre las mismas pesa más que el valor de ser coterráneos y disfrutar el fútbol como hermanos, más aún cuando juega la Vinotinto.


“Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el fútbol, fenómeno de masas que, al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que una movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas”, Mario Vargas Llosa.

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